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Viendo… ‘Gosford Park’ (2001), de Robert Altman.

6 febrero 2008

Todos tenemos algo que esconder.

por Atreus.

PhotobucketEn 1932, el grosero Sir William McCordle y su cínica mujer Lady Sylvia reciben en su casa-palacio de campo a un gran número de ilustres invitados, más sus respectivos sirvientes, para disfrutar de una agradable partida de caza que, al día siguiente, se ve súbitamente interrumpida por un asesinato (por supuesto, a medianoche), en una divertida pinícula que, al contrario de lo que se suele pensar, no gira en torno a dicho asesinato y a su investigación detectivesca.

Con Gosford Park, el estadounidense Robert Altman (en Paz descanse), otro de esos “outsiders” del cine de Hollywood y que especialmente en sus obras tempranas siempre buscó la crítica mordaz y corrosiva hacia la sociedad americana, decidió saltar el gran charco para hacer lo propio con la burguesía británica de principios de siglo XX, ese mundo de esnobs y suntuosidad que, a fin de cuentas, no era sino los restos moribundos de aquello que una vez conformó la génesis de su propia nación. Él y su guionista Julian Fellowes, ganador del Oscar por esta pinícula, construyen un inmenso panel social de una época y, sobre todo, de un estilo de vida rancio y prehistórico repleto de sarcasmo, humor sutil y mala ostia; un retrato que no se reduce únicamente al mundo de los burgueses, que ya por aquella época no eran más que residuos sin-sentido de la pasada época victoriana, sino también al de sus propios sirvientes y criados, que han hecho del servilismo su modo de “vida” y de los cigarritos y polvetes furtivos sus únicas esclusas de aire fresco y libertad.

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Durante todo el cuidado metraje de Gosford Park asistimos a una divertidísima y ricamente detallada visión de ambos mundos que, aunque bien se marca en sus grandes diferencias (ver cómo reaccionan unos y cómo otros cuando el personaje Ivor Novello canta y toca el piano), tampoco le falta ironía: al tiempo que el mundo de los criados, en ocasiones también puede llegar a ser tan frío y categórico como el de sus amos, el de estos está en ocasiones marcado por ritos y maneras fijas tan molestas e inamovibles como las obligaciones de aquellos que les sirven. Porque sucede que los integrantes de ambos mundos son humanos, personas de carne y hueso tendientes tanto los unos como los otros al clasismo, la envidia, la arrogancia, las apariencias, las máscaras, los secretos o las pasiones, de forma que cuando un misterioso asesinato se sucede a las tantas de la noche, todos están en el ajo. “Mala suerte si alguien tiene algo que esconder”, dice otro de los protagonistas a modo de respuesta a la frase que encabeza esta reseña.

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Tres mujeres, tres hombres, y todos quieren tirarse a Clive Owen…
Eso, amigos míos, es PODER.

Pero que nadie se engañe por las apariencias, peliculeros, pues como decía más arriba, este no es un film de suspense ni de detectives. Nada es lo que parece, y esto se nos aclara con una tremenda ironía por parte de Altman y Fellowes cuando, una vez ocurrido el asesinato, todos pensamos que el resto del filme girará en torno a la correspondiente investigación detectivesca como en una novela de Agatha Christie o de Arthur Conan Doyle, y acabamos por descubrir que el “Detective Thom…” no es más que un chapuzas al que incluso el alguacil del distrito le supera en sagacidad. En lugar de sustentarse en dicho acontecimiento (que además no ocurre hasta pasada la mitad del metraje), el film continúa andando por los mismo caminos que comenzó, que es lo interesante. Lo que realmente importa es esa descripción de la dicotomía entre pobres y ricos, las relaciones entre los diferentes personajes, y por supuesto, el gracioso retrato histórico y sociológico repleto de crítica del que ya he hablado, a lo largo de un guión muy bien escrito y detallado que parte de una idea del propio Altman y del actor y productor Bob Balaban, que en la película interpreta, precisamente, al productor americano invitado.

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En efecto. Sí. Estos también están mirando a Clive Owen…

Además, Gosford Park, que también ganó sendas nominaciones a mejor película tanto para el Oscar como para el Globo de Oro y el César, es estilísticamente deslumbrante (fotografía, decorados, iluminación, vestuario) y con una puesta en escena rica, riquísima en detalles. La cámara es como un invitado más que lo oye y observa todo, y muchas veces se detiene mostrando, tanto en primeros como en segundos planos, objetos como cuchillos, frascos de veneno… o gestos y miradas que pueden llegar a formar parte en la trama. En todas las dependencias de la casa los personajes se arremolinan en sus tareas, yendo y viniendo de todas partes, y numerosas conversaciones se suceden al mismo tiempo, acciones simultáneas que contribuyen a darle a la película un gran dinamismo narrativo. Muchas cosas pueden suceder en un mismo plano, tanto a primera vista como al fondo o en una esquina, hasta tal punto que, tras haberla visto unas cinco veces, sigo encontrando detalles nuevos.

Y sí, Robert Altman también estuvo nominado al Oscar de mejor director… aunque quien se lo llevó… fue… Él

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Altman intentando sacar rayos Sith a lo Emperador Palpatine
después de saber quién le robó el Oscar.

Pero lo que sin duda da más esplendor a este film es el trabajo del conjunto coral, con un plantel de actorazos británicos (y dos americanos) con unas interpretaciones dignas de escuela y rebosantes de tanta naturalidad que demuestran que los ingleses, más que cualquier otro “pueblo” del mundo, llevan esto de la interpretación en la sangre, en los genes y en los gérmenes. Atentos a los ingredientes del cocido: Michael Gambon, Kristin Scott-Thomas, Maggie Smith (nominada al Oscar), Emily Watson, Helen Mirren (también nominada al Oscar… aunque parece que mucha gente piensa que no había hecho nada antes de The Queen…), Charles Dance, Jeremy Northam (haciendo del actor real Ivor Novello), Stephen Fry (un “Detective Thom…” que es las risas), Clive Owen, Eileen Atkins, Alan Bates, Derek Jacobi, y muchos más contando a la joven Kelly MacDonald, el mencionado Bob Balaban y el norteamericano Ryan Philippe (cuyas pocas dotes interpretativas se aprovechan hábilmente en su personaje). Y paro de contar porque ya estoy hasta los güebos de hacer links. Tanto los principales como los secundarios poseen su propia historia, sus propias motivaciones, su propio carácter, y su propio peso en la trama, y la compenetración que existe entre todos y cada uno de los actores es genial. Están tan bien enfundados en sus roles y te los crees de tal manera que se hace tremendamente fácil entrar dentro de ese atractivo mundo.

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Sólo ella puede ser tan borde, firme, acongojante y a la vez, profesora de magia.

Y, por supuesto, es un film para oír en versión original y disfrutar de los acentazos de todo el elenco. Aunque hay que admitir que, a menos que uno no necesite de subtítulos, esto trae consigo serios inconvenientes, siendo el más importante el de las múltiples conversaciones de la película, tan naturalistas, tan rápidas y tantas al mismo tiempo en tantas escenas que unos subtítulos nunca jamás van a poder reflejar todo aquello que se oye y que debe ser oído. No es ni mucho menos una tragedia, pues el doblaje en español es magnífico y está repleto de actores de doblaje de primera línea dando lo mejor de sí, pero los acentos y las maneras de hablar inglesas forman parte esencial del juego y la ambientación de la película, y por poner un ejemplo, la gracia de la trama relacionada con el personaje de Ryan Philippe se pierde en la versión doblada.

Gosford Park es, como he leído reflejado en muchas partes, una pinícula con la que no existe posibilidad de crear alguna vinculación emocional (ni tampoco a eso juegan los responsables), pero aún así, se hace tremendamente fácil repetir el visionado, no sólo para entender un poco más la relación entre todas las subtramas, sino también para disfrutar de los innumerables detalles de la puesta en escena y, sobre todo, para disfrutar de la magia que desprenden todos los actores. Y además porque es muy divertida.

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“Un gallifante para el que adivine donde esta Wally”

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