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Viendo… ‘Leones por Corderos’ (‘Lions For Lambs’; 2007), de Robert Redford.

19 diciembre 2007

Reflexionad… Reflexionad… Reflexionad…

por Atreus.

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Un caso curioso el de esta película, sin duda, porque pese a haberla visto hace un par de semanas, lo que al principio me dejó en cierto modo indiferente ha ido reposando poco a poco con el paso de los días, y supongo que aquí está contenido el principal valor del nuevo film de Robert Redford, uno de tantos que cuestionan no sólo las actitudes bélicas de la administración Bush en estos tiempos, sino también la condición indiferente de su propia sociedad.

¿Qué está sucediendo con la política bélica de los USA y por qué demonios la sociedad ya no se interesa por ello? Lions For Lambs, apoyada en las tres historias que narra y especialmente en los magníficos finales abiertos de dos de ellas, se descubre como una película destinada a que los norteamericanos reflexionen acerca de su propia situación e intenten encontrar por sí mismos las claves de por qué las cosas están como están. Y aunque todos sepamos de las convicciones demócratas de Redford, no debemos quedarnos con tan sólo esto, pues como he dicho, el discurso de su film abarca un panorama mucho más amplio.

Desde el punto de vista de la factura, prima por encima de todo su carácter teatral, cediendo la importancia absoluta a los diálogos (magníficos) y las actuaciones, con una puesta en escena simple y sosegada (“televisiva”, se suele decir) que no despiste y ayude a mantener la concentración en lo que el espectador escucha. En el campo de las interpretaciones destacan por encima de todo Tom Cruise y la siempre grande Meryl Streep, aunque si he de hacer un posicionamiento, me quedo con ella. Lejos de ser otra típica actuación desbordante de emociones desatadas, de esas que la Academia siempre gusta de premiar, tenemos esta vez un personaje contenido en el que cobran gran importancia sus gestos y sus miradas. A lo largo de toda su entrevista con el personaje de Cruise, sentimos a través de sus ojos el asco, la incomprensión, la impotencia y el terror por partes iguales. Meryl Streep construye de esta forma una de las interpretaciones más monumentales de las películas de este año que he podido ver. Pero Cruise no se queda lejos, y una vez más para sorpresa de sus detractores, vuelve a demostrar lo buen actor que puede llegar a ser si se toma en serio sus papeles. Y aunque no llegue al nivel de las que a mi propio modo de ver las cosas son sus mejores interpretaciones (Magnolia, La Guerra de los Mundos y Eyes Wide Shut), este será, y tengo pocas dudas de ello, el papel por el que le será entregado el Oscar. No, no… no es coña, y no soy el único que lo cree; de hecho, no es que esté de acuerdo con dicha posibilidad porque, como he dicho, tiene mejores interpretaciones. Pero pienso que ya conocemos a la Academia…

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“Se lo juro por mi cabello, Janine. En apenas unos días los afganos estarán celebrándolo con pavo de acción de gracias y puré de placenta. ¡Rico rico!”

Desde el punto de vista argumental, las actitudes del actual gobierno norteamericano en relación a la guerra y las actitudes de su propia sociedad son puestas en tela de juicio por Redford y su guionista Matthew Michael Carnahan a través de tres historias en mayor o menor medida relacionadas con estos aspectos, permitiendo, por lo tanto, abordarlos desde prismas totalmente diferentes.

En un duelo dialéctico e ideológico brutal, la periodista Janine Roth (Streep) intenta comprender el funcionamiento de la ideología bélica republicana por medio de una entrevista con el sibilino senador Jasper Irving (Cruise) al tiempo que intenta afrontar la cada vez más extendida pasividad del “no nos metamos en líos” de su propia profesión. El profesor Stephen Malley (Redford), en la segunda historia del film, intenta comprender por medio de un diálogo con uno de sus alumnos más aventajados (Todd Hayes) por qué jóvenes académicos como él se desinteresan cada vez más y más de los problemas al tiempo que otros optan por el alistamiento en el ejército movidos por un patriotismo absurdo. Y en la tercera historia del film, en medio de toda lucha ideológica y lejos de sus casas, tenemos dos de esos jóvenes convertidos a soldados (Michael Peña y Derek Luke), quienes, heridos, intentan sobrevivir en las montañas de Afganistán sintiéndose abandonados por un gobierno que no duda en aprovecharse de ellos en su política del “a cualquier precio”.

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“Claro, claro… (Me das más asco que en Guión Imposible 2…)”

El senador intenta vender la moto de la importancia de continuar con la guerra mediante inteligentes verborreas de encantador de serpiente y sonrisas profident… La periodista se siente sola ante una administración que busca sus objetivos según ese “a cualquier precio” y una profesión ahogada en su propia domesticación… El profesor ve cómo sus enseñanzas pedagógicas caen en saco roto ante una juventud desinteresada de cualquier ideología y cada vez más convertida en una sociedad de zánganos que han perdido el interés de mirar más allá… Y mientras todo esto sucede, mientras senadores de gran popularidad se llenan la boca con idealistas palabras consolidadas con brillantes dotes de orador, mientras gremios periodísticos tan sólo se preocupan en extender sumisas sus manos y recibir sus cheques a cambio de no complicar sus atareadas vidas con la persecución de la verdad, mientras millones y millones de jóvenes prometedores pero carentes de estímulos se dejan llevar por las manos de la indiferencia intelectual o las garras de patriotismos manipuladores, mientras todo esto sucede, más y más soldados norteamericanos perecen en los campos de guerra de Oriente Medio como meros peones sobre un tablero de juego. Y ellos son, al final, los que más solos se acaban por sentir.

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“(…Por el culo te metía yo la Playstation para que estudiaras, vago…)”

En Lions For Lambs, Redford y Carnahan realizan una reflexión oscura y pesimista que, valga la “rebuznancia”, invita a la reflexión. Pero no sólo esta va dirigida a los propios norteamericanos, sino que, si le echamos un poco de imaginación o de ejercicio de memoria, descubriremos que las actitudes que Redford cuestiona en su film las padecemos en el resto del mundo. Y bajo dicha reflexión, además, parece subyacer un llamamiento a las gentes de a pie, a quienes el realizador considera como los únicos que podrían ayudar a cambiar las cosas si decidieran abandonar sus prisiones de apatía y tomar partido pensando por sí mismos. Una situación que se hace más chunga cuando es irremediablemente comparada con los famosos tiempos de la Guerra de Vietnam, años en los que hasta el tato se manifestaba y luchaba por ALGO, y que contrastan de manera preocupante con nuestros días en los que ya no existe la reflexión crítica y tan sólo hay pasividad y ombliguismo. Quizás porque, como hábilmente señalan en la pinícula, los Estados Unidos llevan innumerables años en guerra con los países del Oriente Medio mientras que, paradójicamente, la Segunda Guerra Mundial “tan sólo” duró seis. Y a todo la gente se habitúa…

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“¡Arriba esos ánimos, soldados! ¡Que nos han dicho los jefes que la operación va a ser coser y cantar!”.

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