Fisgoneando tras el telón del Sueño Americano.
por Atreus.
Al son de la sugerente canción Blue Velvet de Bobby Vinton, David Lynch abre su película con una presentación de la imaginaria (en todos los sentidos de la palabra) ciudad de Lumberton, a través de diversos planos idílicos que rezuman paz y felicidad. El cielo luce azul, la gente saluda sonriente, los jardincitos se muestran paradisíacos, y el color de las flores contrasta con el blanco nuclear de las vallas. Todo parece perfecto y tranquilo. Pero cuando un hombre que hasta ese momento regaba su jardín sufre un infarto, cuando la enfermedad hace un abrupto acto de presencia en ese entorno de ensueño, la cámara se adentra en la tierra, por debajo del impoluto césped, y nos muestra la podredumbre malsana y asquerosa que se retuerce bajo ese mundo.
Apenas en esos dos o tres primeros minutos, Lynch nos resume de la mejor forma posible el que será uno de los grandes temas recurrentes de su universo particular. El cineasta, que a partir de esta gran obra utilizará el cine para explorar sus propias ideas acerca de las máscaras y de los opuestos, de las interpenetraciones entre la realidad y la irrealidad, la luz y la oscuridad, el mal y el bien y los sueños y la vigilia, nos muestra en Tercipelo Azul su particular visión de la América profunda, un mundo idílico construido en base a un determinado ideal, que se estremece cuando es confrontado con su opuesto, la realidad oculta. Ese ideal, que todos conocemos mediante la acertada expresión “Sueño Americano”, es el mundo en que viven los protagonistas de esta historia, interpretados por dos actores recurrentes en la filmografía del director: Kyle Maclachlan, tras debutar en Dune (1984) y antes de hacerse mundialmente famoso con su papelazo de agente Cooper en Twin Peaks (1990); y Laura Dern, que repetiría con Lynch en Corazón Salvaje (1990) y recientemente en ese rayadón psicotrópico titulado Inland Empire (2006)…
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