
Viendo… ‘Blade Runner: El Montaje Final’ (‘Blade Runner: The Final Cut’; 1982 / 2007), de Ridley Scott.
18 Julio 2008Un relato acerca de lo que nos define como humanos. ¿Es Deckard un replicante?.
La sala de cine está totalmente en oscuridad. Suena un lejano sonido de percusión, y unos créditos iniciales comienzan a pasar por la pantalla, mientras una melodía, lenta, ascendente y descendente como una respiración tranquila nos va preparando para lo que pasará ante nuestros ojos durante las siguientes dos horas. Una tremenda explosión de fuego nos sorprende, y en apenas un segundo, somos transportados a la infernal Los Ángeles del año 2019. Un horizonte de altas y oscuras torres y edificios con más explosiones aquí, y allá. Un vehículo aéreo Spinner pasa junto a nosotros mostrando un sonido digital perfecto. Al fondo, vislumbramos unas inmensas construcciones que parecen los templos de un Dios, y de repente, el ojo del mismísimo ángel caído Roy Batty llena la pantalla mientras, tras descender de los Cielos, contempla el infierno extendido ante él, como un reflejo de la fascinación del espectador ante un inicio fílmico tan sugerente y poético al son de la magistral composición de Vangelis.
Uno de los mayores regalos que me ha dado el cine en los últimos años ha sido poder disfrutar dos veces de Blade Runner en la pantalla grande en Portugal, estrenada hace casi tres meses. Se trata de una pieza de arte, una cumbre del medio de expresión artística al que se circunscribe, y que forma parte de un cierto grupo de películas que deberían ser exhibida en cines todos los años, tales como Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago, Ciudadano Kane, Alien, 2001: Una Odisea del Espacio o Apocalypse Now, para que nadie perdiese la oportunidad de ver, y especialmente sentir, lo que de vez en cuando se puede lograr en esta profesión artística llamada cine.
Viendo Blade Runner en el cine, las sensaciones se amplifican, y sentimos más miedo que nunca ante esa imagen de un futuro equivalente al fin de la humanidad; un futuro tan distante, tan oscuro y pesimista, y al mismo tiempo tan cercano y tangible, en el que los seres humanos han perdido hasta la noción de su propia muerte y de un tiempo que nunca es suficiente. Sentimos la mayor de las tristezas existenciales cuando un cínico “Blade Runner” llamado Rick Deckard (Harrison Ford) le demuestra a Rachael, una replicante sin conocimiento de serlo (Sean Young), que no es humana y que todos sus recuerdos y experiencias no son reales. Sentimos empatía hacia un confuso Deckard que colecciona recuerdos, que sueña inconscientemente con la inmortalidad (los unicornios), y que tan perdido se siente que no se da cuenta de que las constantes de los replicantes a quienes persigue son las constantes que también lo definen a él mismo. Viendo Blade Runner en el cine, nos sentimos más dentro de la película que nunca, errando a través de esas sucias calles atestadas de individuos que van a lo suyo, respirando aire tóxico y enrarecido entre columnas de humo en una noche perpetua, rodeados de luminosos rótulos orientales, publicidad desmesurada, y protegiéndonos de la lluvia con nuestros paraguas luminosos. Alzamos la mirada hacia donde el cielo siempre es oscuro, y entre innumerables anuncios videográficos que nos incitan al uso del tabaco y los anticonceptivos con el motivo de intentar controlar la superpoblación, una voz electrónica desde un aeroplano no dejan de incitarnos a huir a las Colonias del “OffWorld”, el Mundo Exterior, donde hay terrenos libres, aire puro y oportunidades de vida. Pero en el fondo, sabemos que nunca podremos alcanzar ese sueño utópico y salir de este pedazo de roca industrializada y en decadencia llamada Tierra.
He perdido la cuenta de las veces que habré visto esas mismas imágenes durante los últimos años, pero lo que no olvidaré es que nunca antes las había sentido de tal modo. Alcanzando un especial punto máximo durante la secuencia final en el Edificio Bradbury, el enfrentamiento final entre Deckard y Roy Batty (Rutger Hauer) en el que el cazador se convierte en la presa. Una secuencia que emana a lo bestia un amplísimo catálogo de sentimientos diversos, como la locura, el miedo, la desesperación, todos los tipos posibles de dolor, la nostalgia… e incluso el mismo amor. El amor de los replicantes por sus congéneres, por los recuerdos y las sensaciones. Y no sólo amor por la vida propia de cada uno… sino por todas. Concluyendo toda la secuencia con uno de los pasajes cinematográficos más evocadores que he visto en mi vida. Creo que apenas llegué a respirar durante casi quince minutos.

La atmósfera del film es una de las más conseguidas del cine, una perfecta envoltura conseguida gracias a la unión de la fotografía del gran Jordan Cronenweth (en Paz descanse), con ese magistral uso de la oscuridad y los haces de luz; la música de Vangelis, inolvidable, orgánica, el verdadero alma de ese mundo; el irrepetible trabajo del departamento del diseño artístico, unión de la imaginación del diseñador “futurista” Syd Mead, Ridley Scott y muchos más (absolutamente indispensable ver la sección al respecto en el documental de tres horas Días Peligrosos, contenido en la última edición en DVD), y por supuesto la planificación y dirección de sir Ridley Scott, en la única película de dicho director junto con esa otra obra maestra titulada Alien, con la que hasta la mayoría de los cinéfilos más sofisticados se quitan el sobrero, por el perfecto equilibrio logrado entre la extrema preocupación de Scott por todos los aspectos estéticos de la imagen, y los recursos más aparentemente simples de un tipo de cine más impresionista y contenido.
Scott, que venía del infructuoso proyecto de trasladar Dune a la pantalla con la producción de Dino DeLaurentiis, aceptó encargarse del complejo y filosófico guión de Hampton Fancher y retocado por David Webb Peoples, iniciando un rodaje que fue un cúmulo de avatares en el que prácticamente todo se le iba viniendo encima, desde problemas de financiación con los caprichosos y desconfiados productores, malos rollos entre los actores, quejas de miembros del equipo hacia Scott, la apatía de un Harrison Ford hastiado de un rodaje aburrido y de un personaje que a cada nueva rectificación de guión perdía más heroicidad, e incluso el parkinson de un Jordan Cronenweth cada vez más enfermo.
“Ridli” Scott, en 1982.
Una vez completado el complejo trabajo, por si fuera poco, Scott se vio obligado por los productores a mutilar salvajemente su propio film, puesto que su resultado final era más pesimista y complejo de lo que los finos y recatados gustos acomodados de estos permitían, y temían que tanta complejidad y frialdad repercutieran negativamente en taquilla. Los cambios a los que el primer montaje fue sometido consistieron en la eliminación de la ya conocidísima escena del sueño del unicornio, acabando no sólo con la consistencia del film en su descripción de replicantes y humanos, sino con el golpe de ironía del final; la inserción de numerosos monólogos de voz en Off del protagonista, incómodos y redundantes, con el único propósito de explicar lo que no hace falta explicar y hacer el film menos críptico y complicado (no fuera a suceder que los espectadores se viesen obligados a pensar y deducir por ellos mismos en el cine); y por último, lo más sangrante: la inclusión de un espantoso final feliz a lo Teletubbies, con los dos protagonistas juntos y felices “together forever and ever” con el que se pretendía que los espectadores salieran del cine con una sonrisa de oreja a oreja como si acabaran de ver Amèlie. Utilizando una explicación metida con el más grande de los calzadores (“Tyrell me dijo que Rachael era especial…”), escenas aéreas que eran meros desechos descartados del inicio de El Resplandor de Kubrick, y sin que se nos explicara de dónde demonios sale ese impresionante paisaje verde, natural, boscoso, de aire puro y puesta de sol preciosa si a lo largo de todo el metraje se ha reiterado el mensaje de que el mundo está superpoblado y contaminado en su totalidad. Realmente lamentable.
Estrenada en 1982, esta fue la versión que todos pudieron ver en cines, en televisiones y en su distribución en vídeo. Fue un total fracaso de taquilla y de crítica, algo que todos sabemos muy bien. Pero con el paso de los años, comenzó a alzarse como un clásico entre un número cada vez más amplio de críticos y seguidores que descubrían que se trataba de una película más profunda de lo aparente. Curiosamente, se trata de una versión que, hoy en día, bastante gente continúa considerando como la única y verdadera de Blade Runner, lo cual jamás podré entender. Probablemente, factores como la costumbre y la nostalgia tienen mucho que ver en este juicio, pero aún así, nunca comprenderé a quienes la aceptan, aún a sabiendas de que fue el resultado de una mutilación, ejecutada por los productores, y por motivos estrictamente comerciales.

1992 fue el año en que para celebrar el décimo aniversario de Blade Runner y editarla por primera vez en DVD, Ridley Scott se propuso a realizar las oportunas modificaciones para enseñar al mundo aquella que debería haber sido la verdadera visión del film, aprovechando que un encargado de los archivos de la Warner encontró una copia de una secuencia inédita (el sueño del unicornio, que para despachar de una vez por todas la leyenda urbana que siempre sale por todas partes, NO pertenece a la película Legend, cojones…), y pudiendo por fin eliminar lo que hacía falta quitar de en medio (los monólogos en Off y el estupidísimo final feliz) y añadir la susodicha escena que acabó por desatar la polémica. El montaje fue conocido como Blade Runner: The Director’s Cut (el Montaje del Director). Pero a Scott no le fue concedido el tiempo suficiente para realizar todo cuanto tenía planeado, dando como resultado un “Director’s Cut” que, en realidad, lo era a medias, y que él jamás reconoció como tal.
Toda esta larga historia de batallas concluyó el año pasado, en el 25 aniversario de la película, con Blade Runner: The Final Cut (el Montaje Final), la versión definitiva de la obra maestra de Ridley Scott, con un sonido limpio y sin mácula, una imagen tan limpia que da vértigo, fallos y errores de raccord retocados (planos aéreos, el rostro de Zhora (Joanna Cassidy) en la escena de su muerte, la boca de Harrison ford durante su breve diálogo con el vendedor de serpientes, el primer plano de Roy en la cabina telefónica, etc.) y la des-saturación del tono azulado de la fotografía hacia un tono más verdoso, aportándole un aspecto menos “bonito” y más opresivo y “tóxico”. Sin duda, uno de los mejores regalos que nos podía haber dado el cine, y algo por lo que millones de amantes del cine llevábamos esperando casi desde que todavía éramos organismos unicelulares.

Pero vayamos a la cuestión que probablemente interese a más gente:
¿Es Deckard un replicante?
Indudablemente, sí. La versión original del film de 1982 eliminaba la escena clave de esta sugerencia, pero antes de la aparición del montaje de 1992, las sospechas ya habían comenzado a extenderse entre los aficionados gracias al resto de detalles del film que respaldan este hecho. Sin embargo, como tampoco es concluyente, podemos afirmar que esta versión mantenía la ambigüedad, y cada cual podía pensar lo que quisiera. Ahora bien, en la versión única y definitiva de Blade Runner, que es este Final Cut, el mensaje está, a mi modo de ver, bien claro.
Para empezar, hay ciertos detalles repartidos a lo largo del metraje que funcionan a modo de indirectas dirigidas al espectador: no sólo la pregunta de Rachel sobre si alguna vez Deckard se ha aplicado el test a sí mismo, o la frase del jefe Bryant “Vamos, Deck, necesito al viejo Blade Runner”. También se nos dice que los replicantes coleccionan “preciadas fotografías”, y el piano de Deckard está totalmente cubierto de recuerdos y memorias de esa clase. Por no mencionar la escena en que al Blade Runner le resplandecen los ojos como a los demás seres artificiales.

En segundo lugar tenemos otra serie de detalles a los que la gente no le suele prestar atención y pasan desapercibidos. Conforman la notable transformación psicológica de Deckard a lo largo del metraje, quien, por explicarlo utilizando la ironía del film, se humaniza “pasando de humano a replicante”. Cuando comienza la película y no tenemos ningún motivo para pensar que Deckard puede ser un replicante, se comporta tal y como un humano: es frío, metódico, solitario e incluso cruel. No obstante, a medida que se desarrollan las situaciones a las que se ve enfrentado, y cuando cada vez más comprobamos que los replicantes son, como dice el lema de la Tyrell Corporation, “más humanos que los humanos”, Deckard comienza a mostrar progresivamente sus sentimientos: el miedo, el dolor, las dudas sobre sus propios métodos… y el amor. No puede, por lo tanto, ser un humano por la sencilla razón de que estos, todos, son descritos como una sociedad de seres deshumanizados. Y si lo fuera, Deckard representaría entonces una especie de excepción a la regla que, admitámoslo, conduciría al mensaje de la película hacia un callejón sin salida, pues ese hipotético toque Hollywoodiano de “última esperanza” representado por un humano que todavía conservaría su humanización, no casa en absoluto en una película como Blade Runner. Es un replicante porque, de este modo, todas las piezas encajan a la perfección.

Y en tercer lugar está, claro, la escena del sueño del unicornio y la conclusión final con el origami que Gaff (Edward James Olmos) deja a las puertas del apartamento. Las tres figuritas de papel que este misterioso personaje (el más “Orwelliano” del film, pues no deja de vigilar todos los movimientos de Deckard apareciendo en todos los puntos de inflexión del guión) hace en la película, son representaciones de los estados psicológicos de Deckard en cada momento. La gallina que hace en la comisaría al principio del film tiene que ver con la negativa de Deckard de aceptar la misión, sugiriendo que no lo hace por cobardía. La segunda figurita, la del hombrecillo con el pollón izado al viento, quizás quiere sugerir que Gaff conoce los sentimientos internos que Deckard ha comenzado (o comenzará) a sentir por Rachel. Y finalmente tenemos el unicornio, ser mitológico símbolo de la eternidad, y que nos deja tres mensajes distintos:
1) Gaff sabe de la preocupación de Deckard por la efímera vida de Rachel (“¡Es una pena que ella no pueda vivir!”),
2) que ha estado en el apartamento de Deckard, pero les da una oportunidad de vivir o un margen de tiempo para huir, una vez Deckard y Rachel se convierten en fugitivos,
3) y por supuesto, que conoce los sueños más íntimos y personales de Deckard, revelándole su verdadera naturaleza de replicante.
Merece la pena destacar que, al hilo de este último punto, Gaff no deja de hacerle a Deckard exactamente lo mismo que este le hace a Rachael cuando le revela cruelmente que ella es una replicante: él ha leído los informes de Rachael, y conoce hasta el más íntimo de sus recuerdos, lo cual puede explicar, a su vez, por qué Gaff conoce los sueños de Deckard. De hecho, todo cuanto sucede con Rachael funciona como una especie de resumen de lo que sucede con Deckard a un nivel más amplio a lo largo de la película. Las situaciones de ambos forman un obvio paralelismo para que nos sea más fácil la deducción final (hasta tal punto que una de las fotografías que cuelgan del piano de Deckard muestra un porche totalmente idéntico al de la fotografía de Rachael con su madre). Cuando nosotros (y ella) creemos que es una mujer normal y corriente, se comporta de una manera fría y mecánica como una humana, pero cuando sospecha de sí misma y finalmente Deckard le revela su verdadera naturaleza, Rachel da rienda suelta a sus sentimientos: las dudas, los llantos, y el amor. Todo ello reflejado en ese maravilloso segundo encuentro en el apartamento de Deckard (de las mejores escenas de la película) en que en el colmo de la ironía, nos asombramos ante la trascendental metamorfosis de una Rachael que, en apenas segundos, deja de ser un “muñeco humano” de cabello perfectamente repeinado, piel brillante como el plástico y ángulos rectos y forzados (esas hombreras), para “transformarse” en una replicante absolutamente humana, bella, sensual, y de emociones tan desatadas como su cabello. Una escena tan trascendente, tan cargada de significado y resuelta con una tal sencillez que es de volverse loco.

Blade Runner es una película que, cada vez que la veo, más me hace reflexionar, pensar o divagar. No sólo en el oscuro y pesimista futuro que paso a paso ayudamos a construír. También me hace pensar en el tiempo. Me hace recordar que todos somos seres efímeros, y un día desapareceremos. ¿Cuánto tiempo me queda? ¿Qué sentiré ante la proximidad de la muerte? ¿Me parecerá insuficiente el tiempo que he tenido? ¿Y a dónde se irán todas mis experiencias, todos mis recuerdos y todo el amor que habré sentido y que en estos momentos me son tan preciados? ¿Qué será de todo ello? Las palabras finales de Roy Batty resonarán por siempre en mi cabeza.

Artículo relacionado: Blade Runner: cinco máximos valores.
Y como siempre, todo comentario es bienvenido.




BUENO YO YA SOSPECHABA QUE DECKAR ERA UN REPLICANTE ,PERO TENIA DUDAS COMO TOTO EL MUNDO .ESTA LA PELICULA ESTRENADAS EN CIENES LA DEL 82,Y DESPUES LA QUE HIZO EN EL 92,LA DEL UNICORNIO ,PIENSO QUE TODOS ESTOS AÑOS LO DIJO DE UNA MANERA OCULTA PARA QUE PENSARAMOS SI ERA REPLICANTE O NO ,LA WARNER SUPONGO QUE EN EL CONTRATO QUE FIRMO CUANDO RODO LA PELICULA ICLUIRIA UN APARTADO PARA QUE NO LO DIJERA TAN CLARO ,COMO EL FINAL FELIZ ,PARA QUE EL ESPECTADOR NO LE CHAFARAN LA PELI.PERO POLEMICAS A PARTE ES UNA OBRA MAESTRA Y UNA DE LAS MEJORES PELICULAS DE LA HISTORIA DEL CNE .
Fenomenal reseña Guillermo.
Pues con respecto a esto del final feliz o final replicante, creo que el “Happy End” le confiere una profundidad filosófica, mucho mayor que en la “directors cut” y eso que no me gustan nada los finales felices, pero esas escenas finales en coche con Rachel nos dan una visión, profunda y sobre todo reflexiva que deja a la imaginación del espectador lo que podría implicar la unión entre un humano y una replicante.
Creo que seria un final con más transcendencia, pero es tan solo mi opinión y como todas las opiniones, subjetiva al fin y al cabo.
En lo que si estoy deacuerdo con la reseña es en que debiera haber habido un nexo que uniera esas imágenes final con impresionante paisaje verde, natural, boscoso, de aire puro y puesta de sol preciosa que contrasta con la todo el metraje a las que se les nota como muy bien dice Guillermo en el artículo que están descaradamente metidas con calzador.
Un saludo a todos los peliculeros.
Hola de nuevo Carlos. Muchas gracias por tu interesante comentario.
He de decir que en este tema estamos en puntos de vista radicalmente opuestos
No sólo el final feliz me parece, como ya reflejé en la reseña, una completa contradicción con muchas ideas sugeridas previamente por la película, sino que también me parece que, en relación con una hipotética mayor profundidad como sugieres, no dice ni cuenta ni sugiere nada más que no se haya contado previamente. Pero que nada en absoluto.
Suponiendo que la versión original de la película de 1982 mantiene una notable AMBIGÜEDAD en lo referente a la naturaleza de la identidad de Deckard, y por ende que en ella se podría entender la relación entre ambos como la de un humano y una autómata, ¿realmente crées que esas escenas finales ñoñas añaden algo más en este sentido desde que vemos a Deck y Rachael huír juntos? Porque, para mí, incluso esta versión ambigua y mutilada de la película debería acabar cuando las puertas del ascensor se cierran como dos tijeras cortando el metraje, sin ese final. El mensaje está ya dado en su plenitud, y todo lo que se cuente después es otra historia.
Pero en fin, en el fondo a mí me basta con saber que esas escenas fueron una imposición de unos productores ignorantes y ajenos a la visión artística del proyecto, para rechazar totalmente ese final.
Saludos.